Cartas desde la Vulnerabilidad
La reconciliación con mi mundo interior
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He atravesado varios puntos de inflexión en mi vida, muchos de ellos nacidos de la acumulación de experiencias que fui normalizando sin darme cuenta. No sé en qué momento exacto ocurrió, pero fue como si una versión mía adoptara la voz de una guerrera y, desde ahí, comenzara a observar mi realidad. Debo confesarte que vivir desde ese lugar era profundamente agotador: no solo estaba acorazada, también me encontraba en una lucha constante, en guerra por todo… y por nada.
Me cansé de no escucharme. De pelear por todo. Llegó un momento en el que no solo mi cuerpo, sino también mi mente, comenzaron a levantar una bandera blanca pidiendo paz. La autoexigencia, la dureza y la autocrítica le dieron voz a una parte de mí que, por momentos, me hacía daño.
¿Había algo en mi interior intentando llamar mi atención?
Fue entonces cuando comprendí que ya no se trataba de luchar más, sino de empezar a mirar con amor mi mundo interior. De intentar, por primera vez, integrar lo que pasaba dentro de mí con lo que mostraba hacia afuera.
Y ahí estaba ella. Una guerrera cubierta de polvo y tierra, con raspones y heridas visibles. Su ropa estaba sucia, y lo único que parecía sostenerla era un orgullo férreo y la convicción de que esa era la única manera de ser vista.
Tuve que conocer a cada integrante de lo que comencé a llamar mi mundo interior. ¿De qué me doy cuenta ahora? ¿Cuánto tiempo llevo peleando? ¿Cómo puedo darle paz a esta guerrera? ¿Por qué lucha? ¿Cuál es su propósito? ¿Contra quién pelea? ¿Qué cuida? ¿Qué perdió? ¿Dónde aprendió que debía vivir así?
Me fui permitiendo escucharla. Cediendo terreno. Dándole lugar. Esos días se volvieron semanas, y con constancia y dedicación comenzamos a construir una relación distinta, una relación basada en el amor.
Fue ahí cuando entendí que para reconciliarme conmigo misma tenía que soltar una vez más, pero esta vez más profundo. Soltar pensamientos, juicios, emociones, declaraciones. Volver a mirar el cuerpo. Integrar lo interno y lo externo. Dejar de separarme.
Reconciliarme conmigo fue volver a ser una sola, danzando en la vida… y con la vida.
Hay un concepto japonés que me gusta contemplar: Kintsugi. Cuando una pieza de porcelana se rompe, no se desecha. Se repara uniendo sus fragmentos con una aleación que contiene oro, de modo que la grieta no se oculta: se honra.
Y eso fue lo que siguió para mí. Desde la resiliencia, fui pegando pieza por pieza. No para volver a ser quien era, sino para integrar todo lo que había sido. Honré cada paso de mi pasado. No para quedarme ahí, sino para tomar la experiencia y elegir conscientemente qué crear ahora.
Este proceso no fue de la noche a la mañana. Quizá aún sigo en él. Pero ahora se siente más amable. Hay referencias internas que me permiten avanzar con mayor confianza, creando nuevas creencias.
Hoy me mantengo desde la presencia. Ya no hay batallas que ganar, ni fortaleza que demostrar. Me basta con habitarme con honestidad, con respeto y con ternura.
La guerrera y yo ya no estamos en bandos opuestos. Ahora caminamos juntas.
Sigo aprendiendo a escucharme, a detenerme para elegir distinto. No siempre es fácil, pero ahora sé que la práctica cotidiana de la escucha y la presencia me sostienen. Por un camino humano y real, elijo seguir viviendo… en paz conmigo.
Hagamos una pausa. Respiremos. Sintamos.
Tal vez algo de esta historia resonó contigo. Y si es así, quizá ahí comience también tu propio sendero: cada uno de nosotros tiene un ritmo, y ese fluir es perfecto.
Porque cuando nos reconciliamos con nuestro mundo interior, cuando dejamos de pelearnos con lo que somos, la vida empieza a moverse distinto… liviana, honesta, hasta que, casi sin darnos cuenta, comienza a vibrar bonito.
Con amor y luz,
Mónica Saldaña Tapia
— Mónica Saldaña Tapia

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