Cartas desde la Vulnerabilidad
El día que me di cuenta que vivía acorazada
Todo pasaba demasiado rápido. Era tanto lo que sucedía al mismo tiempo que sentía que no podía con "todo".
Papá había enfermado y, aunque hicimos cuanto estuvo en nuestras manos, no fue suficiente para mantenerlo con vida. De repente se me cruzaban pensamientos en los que sentía que yo no pude dar más de mí para cuidarlo, y esa carga me acompañó durante mucho tiempo. De pronto, mamá era lo único que tenía. Ella y mis hermanos se convirtieron en mi mundo entero.
Al mismo tiempo, en lo profesional, llegó una nueva responsabilidad. Había que mudarse de ciudad, aprender cosas nuevas, adaptarse. Ese movimiento parecía un escape perfecto: dejar atrás lo que dolía. La casa de mis padres, el pueblo donde crecí, la gente que me recordaba a él.
Los días en casa se volvieron pesados. Nadie hablaba demasiado. No existía la costumbre de compartir lo que se sentía. Había dolor. Había silencio. Mi familia se rompió. Yo me rompí. Y las piezas, cada una por su lado, intentaban seguir funcionando, seguir adelante.
Fue un día, en medio del silencio, cuando me di cuenta de que algo no estaba bien. Me estaba aislando. Dentro de mí se escuchaba una voz muy tenue, apenas perceptible. Una fuerza pequeña que se apagaba, que se ahogaba.
Mi círculo de amistades comenzó a hacerse más pequeño. Dejé de convivir, de tener espacios de recreación. Mi trabajo me llevaba a estar rodeada de gente, en eventos constantes, en movimiento desde que amanecía. Y aun así, no lograba entender cómo, con tanto ruido alrededor, podía sentirme tan sola.
Poco a poco apareció una pregunta insistente:
¿Qué pasa?
¿Qué me pasa?
No me sentía "normal". Sabía que algo no estaba bien conmigo, pero no tenía la fuerza para ir a terapia, ni siquiera para hablar con alguien. De alguna manera había aprendido que debía ser fuerte. Lloraba, sí, pero en privado. En silencio. Cuando lo hacía, descansaba… y al mismo tiempo me sentía egoísta y culpable.
Una noche llegué a casa y lloré tanto que reclamé a Dios. También a mi padre. Le reclamé por haberme dejado sola, por no haberse cuidado. Abracé la almohada con tal fuerza que terminé golpeándola contra la pared. Era demasiado dolor contenido. Dolía y no podía hacer nada más que estar enojada, frustrada. Había perdido mi norte.
No sabía que esa rabia vivía en mí. Tampoco sabía cómo detenerla. Solo fluí: grité, reclamé, pedí una señal, una respuesta, algo que me confirmara que estaba siendo escuchada.
Mi camino de transformación comenzó con un grito. Primero fue un gran "¿por qué?".
¿Por qué él, habiendo tanta maldad en el mundo?
¿Por qué yo tenía que crecer sin él?
¿Por qué, si mi padre había sido un hombre bueno, tenía que perderlo?
¿Por qué yo debía cargar con este dolor?
¿Por qué la vida parecía tan injusta?
Con el tiempo, mi semblante se endureció. Mi cuerpo se volvió rígido, tenso. Mi rostro sonreía, pero sin conexión. Este cuerpo aprendió a sostener, a lucir bien, a evitar el dolor, a controlar, a no mostrarse vulnerable.
Había muchas cosas que resolver y, sin que nadie me lo pidiera, tomé la bandera de "arreglarlo todo". El "estoy bien" se convirtió en una respuesta automática. Rara vez profundizaba. Rara vez hablaba de lo que realmente me pasaba.
Viví así casi tres años.
Hasta que un accidente encendió la primera alerta.
Caí por una escalera de más de cien escalones. Alguien apareció de la nada y evitó que algo peor ocurriera. Mientras caía, toda mi vida pasó frente a mis ojos: los recuerdos más lindos, los pendientes, los sueños, los anhelos, el dolor, la pérdida. Cada imagen se vivía como si el tiempo se hubiera detenido.
Cuando esa persona logró detenerme, me vi llena de moretones, raspaduras, el vestido hasta la cintura. Me senté en un escalón, acomodé el vestido, puse los pies en el piso y respiré profundo. El dolor venía de la costilla y de la clavícula.
Ese cuerpo que había aprendido a sostenerlo todo fue el que me permitió tomar un vuelo, organizarme y llegar al hospital. Cada vez que recuerdo esta parte de mi historia, pienso en lo irresponsable que fui y en lo importante que es detenernos para cuidarnos.
Esa noche dormí en el hospital, cerca de casa de mi mamá. Ella estaba al pie de la cama. Yo, sedada, dejaba que las lágrimas corrieran por mis mejillas. No quería seguir viviendo solo desde el hacer, pero no sabía cómo empezar distinto.
Y fue ahí cuando apareció mi mensajero.
¿Será que la vida puede vivirse de otra manera?
¿Qué falta?
¿Quién soy?
¿Por qué vivo enojada?
¿Por qué no me siento suficiente?
¿Qué precio paga mi cuerpo?
¿Qué quiero?
¿Qué ya no quiero?
¿De qué me estoy perdiendo?
¿Qué hay para mí en el mundo?
Lo que había aprendido dentro de los patrones de mi familia era que trabajar era la mejor manera de sostenernos. Nos dopábamos con trabajo. Esa era nuestra forma de sentir que hacíamos algo frente a la vida. Y quiero dejar aquí una nota importante: esto no está del todo mal; simplemente, muchas veces está mal enfocado.
Para mí, lo normal era eso: ocuparme. Llenar la agenda desde la primera hora del día hasta muy tarde. Mantener la mente ocupada para no dar espacio al sentir. El hacer constante se convirtió en refugio, en anestesia, en estrategia de supervivencia.
Después de aquel accidente ya no pude volver a ser la misma. Me rompí, literal y físicamente. Puede sonar a frase hecha, pero fue ahí cuando comprendí de verdad aquello de que el cuerpo grita lo que el alma calla. Mi cuerpo se rompió para mostrarme que yo me había roto mucho antes y que no me había hecho cargo de mirar hacia adentro.
No veía a la hija que había perdido a su padre. Al amigo, al confidente, al aliado, al cómplice. Mi niña perdió su lugar seguro, su eje, la mano que la sostuvo toda la vida. Perdió esos ojos que le contaban historias sin palabras, donde ella se veía y se reflejaba. Esa niña no entendía lo que había pasado. Estaba profundamente enojada.
Empecé a encontrar múltiples versiones mías, todas contando historias de ausencia. Y se extrañaban. Y apenas estaba tocando la superficie. Había tristeza, sí, pero también había duelo por haberme perdido a mí. A esa mujer que escribía poemas, cuentos, historias. La que amaba los libros de reflexión y de amor. De pronto me encontraba a esa niña dando discursos, sosteniendo conversaciones intensas, liderando equipos. Pero la adulta ya no podía más. Estaba fragmentada, en múltiples lugares al mismo tiempo.
Había que mirarla de cerca.
Y sanarla con amor y ternura.
La fortaleza, esa que había construido con tanto empeño, me permitió lograr muchas cosas. Crecí profesionalmente, hubo reconocimiento público, resultados visibles. Fui etiquetada como "la mujer fuerte". En mi ámbito profesional, eso era altamente premiado: mujer valiente, que dice lo que piensa, cuya voz no tiembla en situaciones difíciles.
Esa imagen me abrió espacios de poder. Funcionó. Y durante un tiempo, incluso alimentó esta forma de ser. Pero, mientras esa versión brillaba hacia afuera, otra parte de mí se apagaba en silencio y se entristecía.
Mis primeras conversaciones de acompañamiento me invitaron a mirar más profundo. A descubrir que esta forma de aislarme física y emocionalmente no había sido una decisión consciente. Mi mente había creado muros para protegerme de lo vulnerable que estaba. Era una fuerza que surgió para seguir siendo funcional en un mundo orientado a resultados, un mundo que le teme al sentir y donde rendirse, detenerse o mostrarse frágil parece imperdonable.
Vivía una separación constante entre mi mundo interno y mi mundo externo. Algo no fluía. No conectaba. Cada vez costaba más sostener esa dualidad. El precio que pagaba por "seguir funcionando" era muy alto. Mi cuerpo me lo decía todo el tiempo. La añoranza de quietud se hacía cada vez más fuerte.
Me protegí, sí.
Pero era pesado vivir así.
Útil, sin duda.
Pero me arrebataba la paz.
Hubo algo que me sostuvo durante mucho tiempo. Gracias a eso conquisté logros importantes, alcancé posiciones que me dieron estructura y reconocimiento. Pero también me desconectó de lo más vital de la vida: vivirla.
Recuerdo una conversación en la que le hablé directamente a esa forma de ser. Le di las gracias. Le agradecí por proteger a la niña, a la adolescente, a la hija, a la huérfana, a la hermana, a la joven, a la trabajadora, a la líder, a la mujer. Le agradecí por sostenerme, por mantenerme de pie con tanta rigidez cuando yo no sabía cómo hacerlo de otra manera.
No la rechacé.
No la eliminé.
…La reconocí.
Podría decir que la colgué en un perchero, porque claro que forma parte de mí. De vez en cuando aún me la pongo, ahora desde la conciencia. Hay partes que me incomodan, incluso que me pican, pero también me ayuda a poner límites, me da firmeza y me permite acceder a su capacidad estratega.
Hoy me atrevo a ponerle nombre pues sé que no soy esa coraza.
Pero tampoco reniego de ella. Fue necesaria.
Reconocerla fue un acto de libertad.
Y quiero hacer una pausa aquí, desde la gratitud.
Con el tiempo he comprendido que esta historia se parece a la de muchas mujeres y hombres que, de una u otra forma, viven acorazados por algún evento para el cual —como yo— no contábamos con las herramientas necesarias. Quizá tú también has cargado, sostenido, y en el proceso te has perdido de momentos, de la posibilidad de habitar la vida con mayor paz y armonía.
Hacemos lo que podemos con lo que tenemos, y eso merece ser honrado. Existen muchas estrategias para atravesar un duelo o una pérdida, pero cuando nos atrevemos a mirar hacia dentro, aparece una luz —a veces tenue— que comienza a guiarnos. Esa luz nos permite reconocer las grietas, no como fallas, sino como partes nuestras que ya no pueden seguir sosteniéndose solas. Negar lo que pasó o minimizar el dolor suele desconectarnos de la vida que anhelamos vivir.
Al compartir mi historia, no busco ofrecer respuestas —como leíste, me encantan las preguntas—, sino recordarte que hay muchas maneras de habitar lo que nos duele, de mirarnos con más humanidad y ternura. No nacimos con un manual del deber ser; somos humanos, y a veces necesitamos volver a recordarlo.
Aceptar lo vivido y mirarlo con amor fue, para mí, un acto profundo de reconciliación. La pérdida de mi padre marcó un antes y un después. Comprendí que su tiempo en este plano tenía un límite, y que ahí yo no tenía control alguno. Solté el reclamo, abracé lo compartido, y aprendí a amar lo que fue. A amarlo a él como parte de mí, y a amarme a mí reconociendo que su presencia sigue viva en quien soy.
Hoy dejo estas palabras como una charla amorosa, no como un cierre, pues sigo aún danzando con la vida. Hagamos espacio para respirar, para sentir, para reconocer si algo de esta historia resonó contigo. Tal vez ahí, justo donde comienza esa resonancia, también inicia ese caminito a encontrarte o encontrar… ese lugar donde la vida empieza, poco a poco, a vibrar bonito.
Con amor y gratitud,
Mónica Saldaña Tapia
— Mónica Saldaña Tapia
